La verdad al minuto

Me causa mucha gracia este mundo lleno de contradicciones. Por donde camino o por donde trabajo voy encontrando vueltas retorcidas para las cosas simples, tiempo gastado en temas que en realidad no existen.

¿A qué me refiero?

Sencillo: al cambio que se está provocando en la sociedad que obviamente, trae mejoras pero muchas veces, en desmedro de las buenas cosas que ya tenemos.

Pensemos en las familias de antaño: impensable hoy sería ese padre tirano y esa madre sumisa que no opinaba, no cortaba ni pinchaba. Agradezcamos que con el tiempo esta realidad fue mutando para que los que alguna vez fuimos chicos pudiéramos crecer con padres compañeros-consejeros que nos ponían reglas que nosotros respetábamos. Teníamos premios que disfrutábamos y debíamos pagar por las equivocaciones. Me pregunto, incrédulo, cuÁndo fue que los padres dejaron de ser Superman o La Mujer Maravilla para pasar a ser algo parecido a meros invitados a una sesión del Congreso, dónde todo es cuestionable y cuestionado, desde un permiso vano hasta las reglas hogareñas; donde hacer o no hacer es lo mismo, donde hay que caminar con pie de plomo para que no se vaya a traumar el chico porque tiene luego 20 años de psicólogo.

Si bien cada casa es un mundo estamos creando un mundo con gente que miente a cada minuto, ¿por qué? Porque hay una dicotomía entre lo que se dice y se exige y lo que realmente se hace o se realiza. Hoy en día cuesta muchísimo poder realizar tratos donde se honren todos y cada uno de los detalles pactados. No hablo solo de lo económico o comercial sino de las relaciones interpersonales. El mañana pasó a ser una muletilla, entonces es como “el trabajo te lo tengo para mañana”, “tu libro te lo traigo mañana”, “mañana lo arreglo”, “para mañana te lo termino”, “nos vemos mañana”, etc.

Cuando lo decimos, la mayor parte de las veces sabemos que no es verdad. Entonces, ¿por qué lo prometemos? ¿Qué paso con el verdadero respeto? ¿Qué paso con el respeto al tiempo del otro?

No vivimos solos. Vivimos en comunidad, en manada. Todos interactuamos con otras personas. Simplifiquemos: solo se trata de un decir y un escuchar; de prometer y de que te prometan. La buena convivencia se basa en el respeto del cumplimento de lo prometido, no solo de cómo te digo que no te voy a realizar tal trabajo.

No paro de asombrarme cada vez que diez tipos nos cortan una avenida, sin importar las normas, o cada vez que alguien llega al trabajo a cualquier hora, lo realiza a su manera sin ver como afecta al grupo; o esos chicos o no tanto que tratan de zafar con su estudio sin importar lo que realmente aprenden.

La realidad es que no se respetan las reglas; al aceptarse las normas una persona tiene previsibilidad y la otra puede, en consecuencia, accionar tranquilo y seguro.

No tengo nada en contra de la espontaneidad, de la creatividad y de cualquier forma de libertad, pero hablamos de la libertad de cada ser humano que deja de ser transparente si afecta a un tercero; si esto ocurriese, entonces debe ser consensuada con éste, conversada, racionalizada para que se entienda el motivo, el sentir de la regla, norma o forma que se debe implementar; entonces y sólo entonces la otra parte sabe qué debe esperar y cómo lo puede mejorar.

Pongámosle ahí la creatividad y las variaciones que se le ocurran.

Concluyendo, creo fervientemente que más que en cómo se dicen las cosas, hay que mirar en el otro y en uno mismo en cómo se hacen las cosas.

 

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